En primavera mi outfit no lo dibujo yo
Por Fernanda Colín
Quiero comenzar diciendo que esta vez mi columna tiene el elemento de todas las semanas, la ropa, pero en esta ocasión no va enfocada al ámbito de la moda. Es más bien una experiencia que en esta temporada, creo que muchas mujeres estamos atravesado, ojalá no fuese así, pero si de alguna manera conectan con esto, espero que se den cuenta de lo que realmente está pasando.
Está por entrar la primavera, esa temporada del año que en la infancia ilustrabas con un gran sol de rayos afilados y anaranjados, una flor con pétalos ensanchados y coloridos, y por encima una abeja rechoncha con el rostro feliz. Ese simple dibujo, al verlo terminado, te hacía sentir el calorcito de la temporada e imaginariamente te trasladabas a una época feliz, porque las flores vistosas significaban alegría y porque la primavera estaba llena de estas. Además, era la época perfecta para ponerte tus vestidos pomposos y coloridos, o tus shorts más cómodos y frescos para salir a jugar con tus amigos (as) y regresar a tu casa con las rodillas pulsantes de ardor por las raspadas que te diste. Pero nada importaba, porque era primavera y la primavera era felicidad. Y digo era porque luego de unos años vienen todos esos cambios en ti, en tu cuerpo, en tu forma de pensar, y, sobre todo, en tu forma de ver la vida, pues lo que te rodea cuando ya no eres una niña es la realidad, que suele ser más cruel de lo que parece. ¿A qué me refiero con esto? A que cuando creces te enfrentas a una primavera no tan feliz, una primavera de restricciones porque ya no te puedes dar el lujo de salir a la calle en vestidos o shorts, porque afuera te esperan un montón de insultos disfrazados de “piropos”, de miradas que incomodan y de murmullos que te hacen sentir insegura.
Que ganas de aprovechar las temporadas de calor y usar esa falda que tuviste guardada en el armario durante tanto tiempo, o la blusa de tirantes que tanto te gusta, que ganas de ponerte un vestido flojito que te llega por encima de las rodillas y andar súper cómoda y fresca. Pero qué lástima que esas ganas muchas veces se vean frustradas porque ya sabes que hoy te toca pasar por una calle no tan transitada, por una colonia con mala pinta o por una ruta desconocida y corres el riesgo de que alguien intente hacerte o decirte algo.
A mi esta situación me ha pasado muchas veces, pero hace muy poco me enfrenté a una traumática rutina. Salía de mi casa muy temprano todos los días y me dirigía a mi servicio social, que me quedaba a una hora de distancia. Una hora en la que caminaba algunos metros para tomar el transporte y varios más para terminar de llegar a mi destino. El camino era la situación más complicada y frustrante de todos los días, puesto que atravesaba varios baldíos y zonas despobladas, que me provocaban una angustia indescriptible.
Uno de esos días me levanté, y al comenzar a elegir lo que me iba a poner, me di cuenta que llevaba mucho sin usar un vestido, y que lo que me quitaba las ganas de hacerlo era esa ruta espeluznante que atravesaba en mi día a día. Simplemente dejé de ser yo, y permití que todas esas palabras malintencionadas en la calle y los comentarios de algunas personas, que se atrevían a justificar el acoso hacia una chica porque lo que llevaba puesto en el momento no era lo “apropiado”, me llevaron a usar algo que no me hacía sentir cómoda.
Si tuviera que dibujar la primavera a mis 21 años de edad, no la dibujaría como una temporada feliz, ni colorida, ni libre de ser yo. Probablemente los recuerdos felices ya no están más, porque las mujeres estamos pasando por una temporada frustrante en la que todos los días nos decimos a nosotras mismas “hoy me hubiera puesto mi blusa cortita”, “que ganas de ponerme short como esa niña”, “yo tengo un vestido igual” y luego recordamos que no podemos ser libres de vestirnos como queramos porque hay gente que en un segundo te quita las ganas de ser tú.
¿Te das cuenta del poder que le estas dando a alguien más?, a alguien que comúnmente sucede que ni siquiera conoces, que jamás has visto, ni esa persona a ti, hasta que le llamaste la atención por vestirte de tal manera y te vio pasar.
Con esto no quiero decirte que hagas y deshagas con tu look, claro que sería un sueño que todas pudiéramos hacer eso, pero los tiempos han cambiado y la gente cada vez es más cruel. En mi caso, quise acabar con esa angustia de todos los días, y romper con eso que me impedía vestirme como yo quería. Le busqué una solución a mi problema. Tengo un amigo que va conmigo en la misma unidad de servicio social, pero no tenemos los mismos horarios, por lo que acordamos que los días que coincidíamos ahí, nos veríamos en un punto estratégico para encaminarnos juntos. De regreso encajaba con otras amigas, y nos íbamos juntas en transporte a la escuela, hasta que me fue posible ir y regresar en la seguridad de mi propio auto.
Poco a poco comencé a vestirme como yo quería, de acuerdo a mi gusto, al clima, a la temporada, hasta de acuerdo a con cuánta gente me acompañaba, no de acuerdo a lo que un extraño en la calle pensara de mí. Poco a poco comencé a sentir de regreso un poquito de esa libertad que inconscientemente había perdido.
Ojalá los acosadores dejaran de serlo teniendo tantita empatía con las mujeres, poniéndose en su lugar, enterándose de las cosas tan espantosas que pasan por nuestra mente al vestirnos, al caminar por la calle, ojalá que no nos obligaran a buscar estrategias para sobrevivir.
Tú como víctima o victimario ¿cómo dibujarías la primavera, o cualquier temporada del año en tu presente? ¿tendrías las mismas sensaciones a como la dibujabas de niño?, ¿vendrían a tu mente los recuerdos “bonitos”? ¿o la realidad y las circunstancias te traerían a la mente momentos exactos que marcaron tu vida y que frustraron tu libertad?
FB: Fer Colín
Twitter: @ferrcolin (si es con doble “r”)
IG: @fercolin1